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Inteligencia artificial y Bioética: una reflexión desde la persona

Los últimos acontecimientos en torno al desarrollo de la denominada “inteligencia artificial” nos sitúan ante una de las preguntas más profundas de nuestro tiempo: ¿qué significa ser humano cuando las máquinas son capaces de simular, escribir, conversar, diagnosticar y participar en decisiones que hasta hace poco considerábamos propias y exclusivas de la inteligencia humana? Desde hace siglos, cada gran transformación científica y tecnológica ha obligado al ser humano a preguntarse por sí mismo, por sus límites y por aquello que le hace verdaderamente humano. Sin embargo, la velocidad del desarrollo de la inteligencia artificial confiere hoy a esta pregunta una urgencia nueva. Los recientes informes de Anthropic sobre los posibles riesgos existenciales asociados a modelos avanzados de inteligencia artificial, así como las llamadas a ralentizar determinados procesos de desarrollo, nos sitúan ante una encrucijada ética que no podemos ignorar. No se trata de oponernos al progreso científico y tecnológico ni de alimentar temores apocalípticos, sino de aprender a gobernar prudentemente aquello que somos capaces de generar.

El verdadero desafío no consiste solamente en preguntarnos qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué debemos hacer con aquello que podemos hacer. La capacidad técnica nunca puede ser, por sí sola, el criterio de la acción humana. La ciencia y la tecnología son bienes cuando contribuyen al bien de la persona y al bien común, pero dejan de serlo cuando se convierten en fines en sí mismos o cuando la persona acaba subordinada a sus propias creaciones. Entre el catastrofismo y el tecnoptimismo ingenuo existe un camino intermedio, el de la prudencia: una mirada realista que reconoce las enormes posibilidades de la inteligencia artificial, pero que no renuncia a preguntarse por sus consecuencias, sus límites y, especialmente, por las personas más expuestas o vulnerables ante esta transformación.

La inteligencia artificial puede convertirse en una extraordinaria herramienta para hacer el bien a las personas. Puede contribuir al diagnóstico y tratamiento de enfermedades, facilitar la investigación científica, mejorar la atención sanitaria y abrir posibilidades que hoy apenas alcanzamos a imaginar. Pero para que ese potencial se traduzca en verdadero progreso humano necesitamos algo más que innovación, necesitamos una reflexión ética que tenga en cuenta los bienes que están en juego. El respeto de la vida humana, la promoción de la salud, la integridad física y psíquica de la persona, la justicia, la libertad responsable y el bien común deben permanecer como referencias irrenunciables. Debemos prestar especial atención a quienes, por su enfermedad, discapacidad, dependencia o vulnerabilidad, corren el riesgo de quedar en los márgenes de una sociedad cada vez más orientada hacia la eficiencia, la autonomía y la optimización.

Aquí aparece una cuestión antropológica fundamental: ¿qué concepción del ser humano estamos poniendo en el centro de esta revolución tecnológica? No podemos reducir a la persona a un conjunto de datos, capacidades o funciones cognitivas susceptibles de ser medidas y optimizadas. La persona es mucho más que aquello que puede ser cuantificado. Su dignidad no depende de su inteligencia, autonomía, productividad, salud o capacidades físicas y psíquicas. Como señalé en el Congreso de 2024, el transhumanismo persigue, en buena medida, la construcción de un “hombre aumentado”, pero quizá debamos detenernos antes y preguntarnos qué significa realmente ser más humano. La grandeza de la persona no reside en alcanzar una supuesta perfección genética, biológica o cognitiva. La persona no es un producto que pueda optimizarse indefinidamente, porque su valor se encuentra en su dignidad intrínseca.

Esta afirmación adquiere especial relevancia cuando contemplamos la realidad de las personas con discapacidad. Ellas nos recuerdan que la dignidad permanece intacta allí donde disminuyen determinadas capacidades y que una persona vale por lo que es, no por aquello que puede hacer. Por esta razón necesitamos superar una cultura que identifica el progreso con la optimización permanente del ser humano y recuperar una cultura del cuidado. La vulnerabilidad no es un accidente que afecta solamente a algunos, sino una dimensión constitutiva de nuestra condición. Todos nacemos dependientes, podemos enfermar, envejecer, perder capacidades y necesitar de los demás. La vulnerabilidad nos recuerda que la persona humana no existe aislada, sino en relación, y que una sociedad verdaderamente humana se reconoce en la manera en que acoge y cuida a quienes se encuentran en situaciones de mayor fragilidad.

Desde esta perspectiva, la Bioética tiene hoy una responsabilidad extraordinaria. No puede limitarse a responder a los problemas una vez que las tecnologías ya están desarrolladas. Debe contribuir a orientar el rumbo de la investigación y a formular las preguntas que permitan distinguir entre lo técnicamente posible y lo humanamente deseable. La cuestión fundamental no es únicamente qué podemos hacer, sino qué debemos hacer y al servicio de qué concepción del ser humano ponemos nuestras capacidades científicas y tecnológicas. La prudencia no significa miedo al progreso, sino responsabilidad ante sus consecuencias y capacidad para reconocer que no todo lo técnicamente posible es necesariamente bueno para la persona.

Por esta razón me alegra anunciar que este año la Cátedra Internacional de Bioética Jérôme Lejeune ha situado la Inteligencia Artificial y la Bioética como líneas prioritarias de investigación. Ya está en marcha un grupo de trabajo dedicado al estudio de los desafíos bioéticos que plantea la inteligencia artificial, con especial atención a su convergencia con la Genética y con las demás ciencias y tecnologías NBIC: Nanotecnología, Biotecnología, Inteligencia Artificial y Neurociencia. Estas disciplinas no avanzan de manera independiente, sino que se encuentran, se potencian y se transforman mutuamente. Precisamente en esos puntos de convergencia aparecen algunas de las preguntas más profundas sobre el futuro de la vida humana: qué significa diagnosticar, prevenir, curar, mejorar, predecir o incluso modificar al ser humano.

Nuestra tarea será estudiar estas cuestiones desde una perspectiva interdisciplinar, pero también desde una convicción antropológica clara: la persona debe permanecer en el centro de la reflexión. Queremos desarrollar una Bioética centrada en la persona, abierta al diálogo con las ciencias, atenta a los avances tecnológicos y, al mismo tiempo, fiel al legado del Profesor Jérôme Lejeune. Su mirada sobre la persona humana nos recuerda que el progreso científico alcanza su verdadero sentido cuando se pone al servicio de cada ser humano, especialmente de aquellos cuya vida y dignidad pueden quedar más fácilmente amenazadas por una concepción utilitarista o exclusivamente funcional de la medicina y de la ciencia.

Este compromiso se inscribe en el camino que venimos recorriendo a través de nuestros Congresos Internacionales de Bioética en Roma. Después del II Congreso, celebrado en mayo de 2024 bajo el título “Jérôme Lejeune y los desafíos de la Bioética en el siglo XXI”, y del III Congreso, celebrado en mayo de 2025 y dedicado a “El esplendor de la verdad en la Ciencia y en la Bioética”, nos preparamos ya para nuestro IV Congreso Internacional de Bioética , que se celebrará en Roma los días 7 y 8 de mayo de 2027 bajo el título “¿Inteligencia magnífica o humanidad artificial? La Bioética de la revolución algorítmica a la luz de Magnifica Humanitas” .

Este nuevo encuentro consolidará la inteligencia artificial como una de las líneas prioritarias de investigación de la Cátedra y reunirá a expertos de distintos países y disciplinas para reflexionar sobre sus implicaciones antropológicas, éticas, bioéticas y legales en la salud y la vida humana. En nuestros congresos hemos abordado ya grandes fronteras de la Bioética contemporánea, como el transhumanismo, la edición genética o la Neuroética, realidades en las que la inteligencia artificial está llamada a desempeñar un papel cada vez más relevante. Todas ellas nos conducen a una misma cuestión de fondo: qué lugar queremos que ocupe la persona humana en el horizonte del progreso científico y tecnológico. En este congreso nos haremos las siguientes preguntas: ¿tiene conciencia la IA?, ¿existe realmente un riesgo existencial?, ¿qué significa “desarmar” a la IA?, ¿qué cuestiones éticas y legales surgen en su cruce con la Genética y la Neurociencia?, etc.

En definitiva, lo que está en juego no es solamente el futuro de la inteligencia artificial, sino nuestra propia concepción del ser humano. La inteligencia artificial no es un fin en sí misma, sino un instrumento cuyo valor dependerá del uso que hagamos de ella y del horizonte humano al que la orientemos. Necesitamos ciencia, pero también sabiduría; innovación, pero también prudencia; conocimiento, pero también responsabilidad. Y necesitamos, sobre todo, no olvidar aquello que ninguna tecnología puede sustituir: la dignidad irreductible de cada persona humana y nuestra responsabilidad de cuidar unos de otros.

En este contexto, las palabras del Papa León XIV en su primera encíclica Magnifica Humanitas adquieren una particular resonancia: la inteligencia artificial debe estar al servicio de la dignidad de la persona, y la persona debe permanecer en el centro de todo auténtico desarrollo tecnológico. Este es el horizonte que queremos seguir explorando desde la Cátedra Internacional de Bioética Jérôme Lejeune: no preguntarnos solamente qué futuro tecnológico somos capaces de construir, sino qué futuro merece la pena construir para el ser humano. Porque el progreso solo puede llamarse verdaderamente humano cuando, al avanzar, no deja atrás a ninguna persona.

Prof. Dra. Elena Postigo

Prof. Dra. Elena Postigo

Presidenta de la Cátedra Internacional de Bioética Jérôme Lejeune

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